El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, emitió una orden ejecutiva dirigida a todas las agencias e instituciones del gobierno federal para sustituir formalmente la terminología técnica de “Inteligencia Artificial” (IA) por el concepto de “Superinteligencia Artificial” (ASI, por sus siglas en inglés) en sus documentos oficiales, directivas y comunicaciones públicas. La medida busca proyectar el liderazgo tecnológico de la nación frente a potencias globales en el desarrollo de sistemas avanzados de computación y modelos de aprendizaje automatizado.
La instrucción de la Casa Blanca establece un plazo de 60 días para que los departamentos del gabinete adapten su jerga regulatoria y programas de financiamiento público, argumentando que los avances alcanzados por la industria privada estadounidense han superado el umbral de la inteligencia artificial convencional. Según la directiva ejecutiva, adoptar esta nueva nomenclatura oficial refleja con mayor precisión el impacto estratégico, la capacidad de procesamiento estratégico y el potencial disruptivo de estas tecnologías en la economía local y la defensa nacional.
La determinación presidencial generó reacciones encontradas entre expertos en tecnología, legisladores y académicos del sector. Mientras sectores alineados con la administración celebran el movimiento como una estrategia audaz para impulsar la competitividad de las empresas estadounidenses, críticos de la iniciativa advierten que el uso del término “superinteligencia” carece de sustento científico unánime y podría generar expectativas desmedidas sobre el estado actual de los algoritmos y la automatización.






