El Gobierno de China ha lanzado una advertencia contundente hacia la Casa Blanca, asegurando que tomará “todas las medidas necesarias” para defender sus intereses si Estados Unidos utiliza una investigación comercial como pretexto para imponer nuevos aranceles. La tensión escaló este 25 de febrero de 2026 tras las declaraciones de Jamieson Greer, Representante de Comercio de EE. UU., quien sugirió que la administración de Donald Trump podría invocar la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974 para castigar un supuesto incumplimiento de los acuerdos pactados en 2020.
Pekín, por su parte, sostiene que ha cumplido con rigor las obligaciones de la llamada “Fase Uno” y acusa a Washington de actuar bajo una narrativa que ignora la realidad de los intercambios comerciales actuales.
El Ministerio de Comercio chino instó a Washington a evaluar la implementación del marco comercial de forma “objetiva y racional”, advirtiendo que cualquier intento de fijar aranceles unilaterales constituiría una provocación que obligaría a China a activar mecanismos de represalia. Este nuevo capítulo de la guerra comercial se produce en un contexto de alta sensibilidad legal y política en Estados Unidos, donde recientes fallos judiciales han abierto la puerta a nuevos métodos de fiscalización sobre las importaciones chinas.
Según las autoridades asiáticas, la ampliación de estas barreras solo servirá para perturbar los flujos de inversión y comercio que ya se encuentran bajo una presión significativa debido a la incertidumbre global.
A pesar de la retórica confrontativa, Pekín ha dejado la puerta abierta a la diplomacia, reiterando su disposición a utilizar los mecanismos de consulta bilateral existentes para resolver diferencias. Sin embargo, el margen para el diálogo parece estrecharse a medida que Washington endurece su postura fiscalizadora sobre el gigante asiático.
La advertencia de China no es un hecho aislado, sino un posicionamiento estratégico ante lo que consideran una escalada proteccionista que amenaza con desestabilizar la relación entre las dos economías más grandes del planeta.
Este choque de posturas ocurre en un momento crítico: pocas semanas antes de la histórica visita de Donald Trump a Pekín, la primera de un mandatario estadounidense desde 2017. La comunidad internacional observa con cautela este viaje, que originalmente se percibía como una oportunidad para el deshielo, pero que ahora se ve empañado por la amenaza de nuevas sanciones económicas.
El futuro de la cooperación económica global pende de un hilo, mientras ambas potencias miden sus fuerzas en una partida de ajedrez comercial donde cualquier movimiento en falso podría desencadenar una crisis de proporciones mundiales este 2026.
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