El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, volvió a sacudir los cimientos de la diplomacia deportiva internacional al declarar públicamente que gestionará ante el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, la concesión de una futura edición de la Copa del Mundo organizada en solitario por la nación norteamericana, prescindiendo de la fórmula de coanfitriones implementada en la justa veraniega de 2026. Durante una intervención pública, el mandatario estadounidense aseveró que su país posee de manera holgada la infraestructura de transporte, los recintos de última generación y la capacidad logística para albergar íntegramente el certamen más relevante del balompié global.
La postura del magnate neoyorquino se produce en el marco inmediato posterior al Mundial 2026, el histórico torneo compartido entre Estados Unidos, México y Canadá que albergó a 48 selecciones nacionales en el formato más amplio registrado hasta la fecha. A pesar de los dividendos económicos y la visibilidad continental generados por el modelo tripartito, el jefe del Ejecutivo estadounidense fue tajante al señalar que buscará una reunión privada con la cúpula directiva del máximo organismo futbolístico para instar a la revisión de estas alianzas territoriales y abogar por el retorno del esquema de un solo país sede en las siguientes asignaciones mundialistas.
Por su parte, la FIFA no ha emitido un pronunciamiento oficial respecto a las aspiraciones expresadas por la administración estadounidense, recordando los analistas de la industria que las decisiones sobre las sedes corresponden al Consejo del organismo y al voto de las federaciones afiliadas. Aunque en la última década el rector del fútbol global ha impulsado las candidaturas conjuntas con el fin de atenuar la carga financiera sobre los estados anfitriones y optimizar las infraestructuras existentes, la ofensiva mediática de Trump reabre el debate sobre la sustentabilidad de los torneos multinacionales frente al músculo económico de las potencias individuales.







