El misticismo y la altivez de la máxima diva de la Época de Oro del cine nacional siguen encontrando formas de entrelazarse con la infraestructura misma de la capital. Dentro del vasto repertorio de anécdotas, excentricidades y desplantes que forjaron la identidad de María Félix, existe un pasaje del folclore chilango que se ha transmitido de generación en generación: la arraigada creencia popular de que una de las estaciones más transitadas del Metro de la Ciudad de México fue planificada y edificada con el único propósito de complacer los caprichos de movilidad de “La Doña”. No obstante, al confrontar la leyenda con los archivos históricos de la urbe, la realidad de la obra pública toma un camino mucho más técnico y burocrático.
El núcleo de este mito urbano se concentra de forma específica en la estación Auditorio, perteneciente a la Línea 7 de la red del Sistema de Transporte Colectivo (STC). De acuerdo con la narrativa que se consolidó en los cafés y las crónicas informales de la capital, la profunda terminal subterránea habría sido proyectada para conectarse de manera casi exclusiva con las inmediaciones del Paseo de la Reforma y el exclusivo barrio de Polanco, zona donde se ubicaba la residencia oficial de la actriz. Se argumentaba que el poder de influencia política de la protagonista de Doña Bárbara era de tal magnitud que logró que las excavadoras modificaran el trazo original para facilitarle el traslado a sus eventos sociales.
La realidad documental dictamina un panorama radicalmente opuesto. La Línea 7 del Metro fue inaugurada formalmente en su primer tramo a finales de 1984, bajo la administración del entonces regente del Distrito Federal, Ramón Aguirre Velázquez, y en el marco del Plan Maestro del Metro diseñado en las décadas previas. El proyecto integral de esta ruta se estructuró con una visión de ingeniería civil y desarrollo urbano para resolver una crisis de conectividad real: desahogar el severo nudo vial que comenzaba a asfixiar la franja poniente de la metrópoli, enlazando los complejos corporativos, turísticos y residenciales de las delegaciones Miguel Hidalgo y Álvaro Obregón con el resto de la red.
La génesis de la confusión histórica radica en la distorsión de una verdad parcial. Si bien María Félix no fue el motivo de la construcción de la Línea 7, “La Doña” sí estuvo vinculada al origen del Metro en su conjunto de una forma mucho más romántica e internacional. Su entonces esposo, el acaudalado empresario francés Alex Berger, formó parte del consorcio financiero y técnico de ingeniería galo que facilitó los créditos, la tecnología de rodamiento neumático y la asesoría de la empresa Alsthom para la cimentación de la Línea 1 a finales de los años sesenta, un proyecto que el magnate impulsó en gran medida impulsado por el amor y el deseo de ver a la Ciudad de México a la altura de los estándares de París.
La persistencia del relato sobre la estación Auditorio como un regalo personal es un testimonio sociológico del tamaño del mito que envuelve a María Félix. Durante la segunda mitad del siglo XX, la estrella sonorense se consolidó como una de las figuras con mayor acceso a las altas esferas del poder presidencial, empresarial e intelectual de la nación, lo que volvía plausible ante los ojos del ciudadano común que cualquier gran infraestructura pudiera ser modelada a su antojo. El imaginario colectivo prefirió atribuirle el trazo de la ruta a la voluntad de una de sus mujeres más emblemáticas que a los algoritmos de flujo de pasajeros de los urbanistas.
A más de dos décadas de su fallecimiento, las leyendas que habitan en los túneles del Metro continúan alimentando la identidad cultural de la Ciudad de México. Verdad documentada o ficción romántica, la historia del “Metro de María Félix” sobrevive en la memoria colectiva como un recordatorio del tiempo en que el glamour del cine nacional era tan masivo y omnipresente que la gente estaba convencida de que las vías de acero de la capital se tendían al paso y bajo el dictado de sus divas.







